Mi Yo-Piel, Mi Yo-Pensante


Es casi imposible, entrar en el terreno de la psicología y no sentirse  en algún punto,  en una confusión y revaloración de uno mismo, de su ideología y de la manera en que concebimos y vivimos la vida misma.

Al principio me reconocía alguien que si bien trae consigo su propia historia, con heridas y glorias, no era mí vida más allá de la “normalidad”, una vida cualquiera. Lejos de ser cualquiera de aquellos casos estudiados en los textos que parecen sacados de novelas, de la ficción, del mito alrededor del personaje tan célebre como  Freud  o cualquier otro estudioso. Por azares del destino (aunque ciertamente no creo en la casualidad) en la clase de teoría de grupos comenzamos a leer a Didier Anzieu. Me pareció maravilloso. Al principio me acerqué a Anzieu por su libro “La dinámica de los grupos pequeños” dado  que mi posgrado se centra en el manejo del grupo y dicho texto forma parte de los libros a revisar. Me encantó la manera en que Anzieu aborda al grupo y lo describe.

Pero sobre todo esto, encontré un tema que me hizo particular interés: El Yo-Piel.  En su texto aborda las dimensiones de la piel desde un sentido orgánico con repercusiones psíquicas, y con funciones  y repercusiones en el sentido literal y metafórico,  más aún cuando llegamos al Yo-pensante.

No ahondaré en el tema del Yo-Piel y el Yo-Pensante dado que es un tema largo que amerita un post entero y más. Sin embargo, al leer el texto me encontré con muchas reflexiones. Al final, encontré este poema, pensamiento, reflexión; no sé bien que sea. Lo que sé es que me llevó y me levantó sentimientos tan intensos, solo lloré. Tocó fibras muy intensas de mi ser. Lo comparto con todo mi cariño.

Como despedida

El desollamiento, sin ascesis.

La verdad, sin elocuencia.

La comprensión, sin el saber.

La renuncia, sin la resignación.

El amor, sin la conjunción dolorosa de dos masoquistas.

El vino viejo, entre otras noticias.

La alegría, en los grandes momentos.

La humildad de reconocer su miseria mezclada con los vestigios de su grandeza.

El control de los pensamientos, no de los demás.

El espíritu, con la carne y el corazón.

La pesantez, con la gracia.

La intrepidez, sin la intemperancia.

La locura, sin su elogio.

La idea clara y distinta, sin separarla del terror de sensaciones

confusas de donde ella toma cuerpo.

 

Referencias:

Anzieu, D. (1995). El Pensar: del Yo-Piel al Yo-Pensante. Madrid: Biblioteca Nueva.

 

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